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Por qué los cines XXX sobreviven al erotismo 2.0

Enviado por sitio la legua.cl el 30/05/2010 a las 0:21

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En la esquina de Compañía con Bandera se produce una de esas curiosas paradojas santiaguinas: las entradas e imágenes corporativas de un museo y un cine porno conviven lado a lado y en inusitada armonía. Lo mismo hacen los estudiosos de la antigüedad conservada en vitrinas y los consumidores de erotismo en pantalla gigante, unidos, quizás, por el apego al pasado. Los primeros, al mundo precolombino, y los segundos, a los rotativos a luca en horario de vermut.

Pasearse con ojos curiosos por el oscuro hall de entrada al cine es tarea difícil. Sobre todo cuando, tras negociar con la administración del viejo teatro, se ha conseguido nada más que un cartel de “sapo” o periodista, que dado el hermetismo con que se maneja el negocio, vendría siendo lo mismo. “¿Qué cresta quieren seguir escribiendo de los cines de adulto?”, pregunta sin alzar la voz el encargado de atender el pequeño stand que ofrece papas fritas, chicles y esas galletas de chocolate que son la versión a 100 pesos de las Tritón.

Además del minibazar, los únicos objetos que se divisan en la antesala son flores de plástico y letreros en tono flúor que informan sobre la ubicación de los baños y el salón para fumadores. El empapelado lo constituyen cientos de afiches de los filmes que se han ido intercalando en pantalla: de tres en tres y de 10 de la mañana a 10 de la noche. Gruesas cortinas de género no permiten la entrada de luz a la sala de exhibiciones, pero sí la salida de gemidos en estéreo.

“Lo que pasa detrás de esas cortinas corresponde a la vida privada de los clientes. Y la huevá no es nada como la pinta Lemebel. Acá no hay violencia y no es Sodoma y Gomorra. Es un mundo privado donde resguardamos nuestra intimidad y vivimos una vida aparte del perraje que hay arriba”, defiende sin ser atacado y con elocuencia el hombre del quiosco. El guiño literario lo hace en referencia, probablemente, a la crónica “Baba de caracol en terciopelo negro”, publicada por la ex Yegua del Apocalipsis en el libro “La esquina es mi corazón”.

Fetiche y resistencia

Desde que existen los dispositivos de mirada se aplica su uso en la industria pornográfica. El desarrollo de ésta ha ido a la par con las tecnologías, plataformas informáticas y gadgets, que siempre encuentran una aplicación en lo que a escopofilia se refiere.

Sabido es que hoy internet ofrece fotografías y videos de toda clase y a costo cero. Ejemplos de ello son YouPorn, Pornhub y PornTube que, jugando con el nombre del gigante de los videos por internet YouTube, reciben millones de visitas de navegantes que, desde la privacidad de sus casas y gratuitamente, descargan videos valiéndose de la tecnología streaming. Twitter tampoco se ha quedado ajeno y funciona como plataforma publicitaria, donde se pueden encontrar comentarios de películas, promoción de portales e incluso de nóveles estrellas eróticas que saltan rápidamente a la fama por cosas como un asombroso parecido a una actriz del mainstream hollywoodense.

Pero la tecnología es como el agua potable: no llega a todos lados. Y muestra de ello son los criollos asistentes a las salas que pueblan las entrañas del centro capitalino. Muchos de ellos no disponen de internet en sus casas y al enfrentarse a una computadora es probable que se sientan, dicho ramplonamente, como un púber frente a una dama experimentada: no sabrían dónde tocar para ponerla en funcionamiento.

Sin embargo, no es sólo la tecnología lo determinante, así como los hombres se juntan a mirar los partidos de fútbol en una schopería, teniendo televisión digital en casa, persiste en algunos, ya sea por romanticismo, resistencia o simple fetiche, el placer por el acto social del porno colectivo. Independiente de lo que pase o deje de pasar en el democrático cuarto oscuro coloreado por el porno vespertino, es innegable que hay un discreto encanto más fuerte que el mero acto de mirar sexo o participar de él.

Identidades desdibujadas

“Es fácil observar que el paradigma del macho ganador y seductor ha sido desenmascarado, que no es real. Y es comprensible que en el acto de entrar a un cine porno y compartir este mismo acto con sus iguales, el perdedor, el loser urbano, se siente legitimado”, reflexiona el sociólogo Rodrigo Larraín, de la Universidad Central.

Para esta legitimación no es necesaria una carga estética, puesto que, en este sentido, la empatía no está ligada a llevar una insignia o algún sello identificativo, como sucede muchas veces con la comunidad gay que, teniendo su propia versión del cuarto oscuro -instalado en discotecas-, redefine constantemente sus identidades: desde la emancipada y reivindicativa “loca”, hasta el ultra masculino “oso”.

“En los cines porno no está en cuestión el tema de la identidad sexual. Independiente de si algunos van a masturbarse u otros a participar de sexo con otros varones. Esto tiene que ver con las identidades difusas que habitan el contexto contemporáneo. Es probable que a muchos de los asistentes a los cines eróticos, que hayan tenido experiencias sexuales con otros varones, ni siquiera se les haya pasado por la cabeza la posibilidad de considerarse gay”, observa Larraín.

Este hecho se condice con el look de los parroquianos del Roxy, el Nilo o el Mayo, que en su diversidad pasean el distintivo de “personas normales”: desde oficinistas de corbata a obreros de mochila. Así, el espacio del cine porno hace gala de una democrática catarsis que, como en muchas otras circunstancias, pone en paralelo al fútbol con el sexo.

Para el locuaz vendedor del cine, es la sordidez la que se lleva todos los retratos del negocio, tanto en literatura como en prensa. “Es muy difícil que todo el mundo pueda ver las cosas que compartimos desde donde termina la calle hasta donde empieza la sala”, dice. Tras una pausa retoma las palabras y explicita, quizás innecesariamente, su identidad gay. “Pero acá, llega de todo”, insiste.

Coexistencia pacífica

El Museo de Arte Precolombino comparte, en sus secciones de curatoría y biblioteca, entrada con una sala que apuesta por la claridad en su nombre: cine para adultos XXX. La escalera en la que se cruzan ambas instituciones es, a menudo, fotografiada por turistas y locales que reparan en el curioso detalle. Según funcionarias de la biblioteca, algunos estudiantes que bajan por primera vez comentan el hecho a ellas. Otros dicen que parece una humorada o bien una instalación de esas contemporáneas que a ratos intervienen la ciudad.

Luisa Eyzaguirre, relacionadora pública del museo, dice que el espacio no genera conflictos para la institución. Por el contrario, para ella representa una de las tantas extravagancias urbanísticas de la capital, que se encuentran en todos lados, especialmente en el centro. “Jamás hemos tenido problemas de ningún tipo por compartir esa entrada con el cine. Al contrario, nosotros apostamos por la tolerancia y el respeto a la diversidad y el lugar es casi un ejemplo que puede usarse para la educación ciudadana”, expresa.

Fue en octubre de 2006 que el museo compró las salas que funcionan por aquella entrada de la calle Compañía. Las funcionarias de la biblioteca dicen que, en un comienzo, la situación les generó incomodidad. Sobre todo cuando la publicidad del cine daba hacia la calle. Pero después se ubicó en el lugar actual y con el paso de los días se volvió costumbre el ver las luces de neón fucsia.

Misma situación se repite en los cines gemelos Nilo y Mayo, ubicados en una galería que da a la calle Merced, donde conviven disquerías generosas en oferta ranchera, tiendas con ropa de guagua y artículos de bisutería. Anunciadas en un cartel gigante por sus “Programas muy especiales”, las salas continúan atrayendo a su fiel clientela, aparentemente ajena a cualquier conflicto con los otros negocios con que comparten el espacio.

Y si de detalles paradójicos se trata, basta mirar la caja en la que opera la hermética administración: al lado de unos carteles que ofrecen “Tetas de caoba y culos de ébano”, se ve un calendario con una colorida imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que alza sus manos para rogar por todos nosotros, pecadores.

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